Cincuenta años después de Freinet


Juan Sebastián Gatti

Freinet es muchas cosas distintas según quién hable. Si nos limitamos a quienes tienen una vivencia directa de las escuelas freinetianas, para unos es el trabajo colaborativo, la experiencia citidiana de la cooperación; para otros, una escuela de vida, los amigos, la familia. Hay quien habla del respeto mutuo, o de la positilidad de opinar y la certeza de ser escuchados, o de saber que podían ser ellos mismos sin temor. Hay referencias muy constantes a ciertas actividades: las prácticas de campo, los juegos, las salidas, las lecturas, los espacios que ya no existen y los que son nuevos. 

Por supuesto también varían las respuestas desde el lado de los docentes, y todavía más cuando se trata de docentes que antes de serlo fueron además alumnos. Yo recuerdo siempre a algunas compañeras cuando asistieron a su primera práctica de campo como maestras, diciendo lo distintas que eran las cosas, que nunca se imaginaron --de alumnas-- que la práctica de campo fuera "eso".

Cuando uno repasa todas las respuestas, después de un rato empieza a ver que aflora una construcción mayor, hecha de todos esos pedacitos. Hay una sensación de pertenencia, por ejemplo, que se relaciona con otra de posesión. Pertenecemos a la escuela,  ella nos pertenece a notostros, parece que nos estuvieran diciendo. Hay también una conciencia muy especial del peso de la palabra, de la importancia de lo que cada uno de nosotros tiene para decir, y de nuestro derecho a decirlo y a ser tomados en cuenta. Esto es llamativo. Quiero decir, que la pedagogía freinetiana, que suele entenderse como muy centrada en el hacer y en el aprender haciendo, tiene en el fondo prácticas que son muy verbalistas, digamos, que le dan una importancia fundamental al ejercicio cabal de la palabra.

Me parece muy importante señalar esto, y para hacerlo tengo que dar un paso atrás y decir que todas estas palabras que he usado hasta ahora no son mías sino en todo caso "nuestras". Como para tantas otras cosas --los encuentros de escuelas alternativas, las intervenciones en otros espacios educativos o mediáticos, las participaciones en congresos--, los paestros del Prometeo empezamos a preparar esta celebración pidiendo a estudiantes, colegas, exalumnos y familias que nos dieran su opinión sobre el tema. Y éste es un ejemplo de cómo se construye un discurso comunitarioa; quiero decir, para los docentes de una escuela Freinet escuchar a los otros no es un ejercicio realizado por consigna sino la manera en que profundamente entendemos la pedagogía y la comunidad en que vivimos.

Lo digo así directamente y luego, porque tengo una gran conciencia de las palabras, me detengo a remarcarlo: sin pensarlo escribí "la comunidad en que vivimos", no "el lugar en que trabajamos". Los amigos. La familia. Como ven, sigo usando nuestras palabras. No es una cosa menor cuando pienso que yo llegué a esta escuela siendo un joven estudiante universitario, de intachable soberbia intelectual, que no tenía más meta en la vida que la erudición y que se había jurado solemnemente que nunca se dedicaría a la docencia. Y llegué, por razones menores que  ya no importan, con la intención de dedicarme a esto unos pocos meses, y hay pasado ya treinta y tres años.

Así que entiendo que esa construcción mayor a la que me refería es a la vez de carácter intelectual y de corte afectivo, como si fuera la confluencia de dos cauces que forman una corriente más poderosa. En una escuela Freinet hacemos, hablamos, discutimos, acordamos, disentimos, y a la larga construimos un espacio común y extraordinariamente diverso a la vez. De todas esas razones y palabras, por ejemplo, yo voy construyendo un discurso nuevo que ahora regreso a la comunidad, que a su vez volverá a construirlo.

Como maestro, entonces, y para tratar de llegar a alguna parte, todo esto me hace comprender cada vez más la necesidad de las llamadas técnicas Freinet. En primer lugar por el hecho de que sean poco mencionadas, que me parece una virtud, o el síntoma de una virtud. Significa que están lo suficientemente bien integradas como para pasar desapercibidas. Es cada vez más una frase hecha que Freinet no puede reducirse a un conjunto de técnicas. Yo creo que el problema no está en el sustantivo, en las técnicas, sino en el verbo "reducir".

Las técnicas Freinet, el texto libre, la asamblea, el diario, la correspondecia, están el el centro de nuestra pedagogía porque le devuelven el sentido a las prácticas escolares, porque las dotan de peso, de densidad, de significado, de contexto. La libertad y el respeto a sus opiniones y modos de ser que los alumnos de nuestras escuelas señalan, por ejemplo, encuentran cauce y ejercicio precisamente a través de esas técnicas. El texto libre y las asambleas, por ejemplo, no mantienen a todos en contacto con las preocupaciones y entusiasmos del "mundo real", impiden que la escuela se vuelva un espacio cerrado sin relación con la vida de afuera.

Como maestro, entonces, veo que Freinet es también --o es sobre todo-- la posibilidad de dotar de sentido y significado a las cosas del mundo desde la escuela. Que es precisamente lo que se supone que las escuelas tenían que hacer, y tan a menudo no hacen.

Centro Freinet Prometeo 45 años

Centro Freinet Prometeo 45 años. ¡Una escuela para ser feliz! Diseño de Aurora Berlanga y poema de Guillermo Briseño.
¡Gracias!

Escuela para la vida.

Aprender a ser feliz
es la meta en esta escuela
aquí se prende una vela
para alumbrar el país

Cuarentaicinco años son
casi una edad avanzada
esta escuela fue fundada
como se funda un embrión
voluntad y corazón
para navegar la historia
tristezas, risas y euforia
y muchas generaciones
que construyen la memoria

No se olviden las caritas
las expresiones, los ojos
la ternura, los enojos
las madres, las abuelitas
campamentos y visitas
Una familia es la escuela
un futuro que se anhela
poder ser comunidad
compañeros de verdad
transformar lo que nos
duela

Cuarentaicinco años dan
la confianza necesaria
para seguir con la diaria
conciencia de que se van
y que el trabajo que se hace
es estar nace y renace
acompañar a la vida
de la entrada a la salida
abriendo un salón de clase

Y no es nada personal
mas sin embargo soy parte
un simple engrane del arte
de sentirse natural
cuando alguien pregunta cuál
es en Puebla la trinchera
el refugio que se espera
para que los hijos crezcan
que despierte, que amanezcan
entiendan qué pasa afuera

Hay que decir que aquí es
esta fuente del deseo
este fuego Prometeo
significa lo que ves
es como el mundo al revés
Aquí la esperanza anida
aquí La Paz es querida
Esta escuela en este mundo
asume el papel profundo
de escuela para la vida.

GUILLERMO BRISEÑO

Atenta Solicitud a las autoridades

Dada la ampliación de la línea 3 de RUTA en el boulevard Valsequillo se proyecta la creación de un carril central exclusivo para autobuses. Solicitamos al gobierno de Puebla que sea respetado el mayor número posible de árboles, así como la inclusión del drenaje pluvial y de aguas negras en ese tramo del mencionado boulevard, lo que nos permitirá conectar las instalaciones de nuestra escuela al servicio.

"Radio Prófuga" y "Leo Veo Prometeo" ediciones especiales de profes

En esta ocasión --y quizá para el recuerdo-- dejamos constancia de los materiales que las y los maestros del Prometeo enviaron a sus queridos estudiantes para trabajar durante los días que se quedaron en casa por el sismo del 19 de septiembre. ¡Radio Prófuga y Leo Veo Prometeo!







Actualización: Clases normales



Actualización: Clases normales.
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Tenemos la calcomanía, está recibido y aprobado el dictamen, sólo nos queda esperar a que aparezca nuestra escuela en la página oficial:
Cuando nuestra escuela aparezca ahí, podemos decir que nos veremos la mañana siguiente.

Todo está bien

Esperamos a que nos den luz verde: todo está bien.



Freire, Paulo. "Cuarta Carta. De las cualidades indispensables para el mejor desempeño de las maestras y los maestros progresistas"

En: Freire, Paulo. Cartas a quien pretende enseñar. 4a. Edic. México. Ed. Siglo XXI. Págs. 60-71.

Ilustración de Brian Taylor

Me gustaría dejar bien claro que las cualidades de las que voy a hablar y que me parecen indispensables para las educadoras y para los educadores progresistas son predicados que se van generando con la práctica. Más aún, son generados en la práctica en coherencia con la opción política de naturaleza crítica del educador. Por esto mismo, las cualidades de las que hablaré no son algo con lo que nacemos o que encarnamos por decreto o recibimos de regalo. Por otro lado, al ser alineadas en este texto no quiero atribuirles ningún juicio de valor por el orden en el que aparecen. Todas ellas son necesarias para la práctica educativa progresista.
 
Comenzaré por la humildad, que de ningún modo significa falta de respeto hacia nosotros mismos. ánimo acomodaticio o cobardía. Al contrario, la humildad exige valentía, confianza en nosotros mismos, respeto hacia nosotros mismos y hacia los demás.
 
La humildad nos ayuda a reconocer esta sentencia obvia: nadie lo sabe todo, nadie lo ignora todo. Todos sabemos algo, todos ignoramos algo. Sin humildad. difícilmente escucharemos a alguien al que consideramos demasiado alejado de nuestro nivel de competencia. Pero la humildad que nos hace escuchar a aquel considerado como menos competente que nosotros no es un acto de condescendencia de nuestra parte o un comportamiento de quien paga una promesa hecha con fervor: "Prometo a Santa Lucía que si el problema de mis ojos no es algo serio voy a escuchar con atención a los rudos e ignorantes padres de mis alumnos." No, no se trata de eso. Escuchar con atención a quien nos busca, sin importar su nivel intelectual, es un deber humano y un gusto democrático nada elitista.

De hecho, no veo cómo es posible conciliar la adhesión al sueño democrático, la superación de los preconceptos, con la postura no humilde, arrogante, en que nos sentimos llenos de nosotros mismos. Cómo escuchar al otro, cómo dialogar, si sólo me oigo a mí mismo, si sólo me veo a mí mismo, si nadie que no sea yo mismo me mueve o me conmueve. Por otro lado si, siendo humilde, no me minimizo ni acepto que me humillen, estoy siempre abierto a aprender y a enseñar. La humildad me ayuda a no dejarme encerrar jamás en el circuito de mi verdad. Uno de los auxiliares fundamentales de la humildad es el sentido común que nos advierte que con ciertas actitudes estamos cerca de superar el límite a partir del cual nos perdemos.
 
La arrogancia del" ¿sabe con quién está hablando?", la soberbia del sabelotodo incontenido en el gusto de hacer conocido y reconocido su saber, todo esto no tiene nada que ver con la mansedumbre, ni con la apatía, del humilde. Es que la humildad no florece en la inseguridad de las personas sino en la seguridad insegura de los cautos. Es por esto por lo que una de las expresiones de la humildad es la seguridad insegura, la certeza incierta y no la certeza demasiado segura de sí misma. La postura del autoritario, en cambio, es sectaria. La suya es la única verdad que necesariamente debe ser impuesta a los demás. Es en su verdad donde radica la salvación de los demás. Su saber es "iluminador de la "oscuridad" o de la ignorancia de los otros, que por lo mismo deben estar sometidos al saber y a la arrogancia del autoritario o de la autoritaria.

Paulo Freire

Ahora retorno el análisis del autoritarismo, no importa si de los padres o de las madres, si de los maestros o de las maestras. Autoritarismo frente al cual podremos esperar de los hijos o de los alumnos posiciones a veces rebeldes, refractarias a cualquier límite como disciplina o autoridad, pero a veces también apatía, obediencia exagerada, anuencia sin crítica o resistencia al discurso autoritario, renuncia a sí mismo, miedo a la libertad.
 
Al decir que del autoritarismo se pueden esperar varios tipos de reacciones entiendo que en el dominio de lo humano, felizmente, las cosas no se dan mecánicamente. De esta manera es posible que ciertos niños sobrevivan casi ilesos al rigor del arbitrio, lo que no nos autoriza a manejar esa posibilidad y a no esforzarnos por ser menos autoritarios, sino en nombre del sueño democrático por lo menos en nombre del respeto al ser en formación de nuestros hijos e hijas, de nuestros alumnos y alumnas.
 
Pero es preciso sumar otra cualidad a la humildad con que la maestra actúa y se relaciona con sus alumnos, y esta cualidad es la amorosidad sin la cual su trabajo pierde el significado. y amorosidad no sólo para los alumnos sino para el propio proceso de enseñar. Debo confesar, sin ninguna duda, que no creo que sin una especie de "amor armado", como diría el poeta Tiago de Melo, la educadora o el educador puedan sobrevivir a las negatividades de su quehacer. Las injusticias, la indiferencia del poder público, expresadas en la desvergüenza de los salarios, en el arbitrio con que son castigadas las maestras y no tías que se rebelan y participan en manifestaciones de protesta a través de su sindicato -pero a pesar de esto continúan entregándose a su trabajo con los alumnos.
 
Sin embargo, es preciso que ese amor sea en realidad un "amor armado", un amor luchador de quien se afirma en el derecho o en el deber de tener el derecho de luchar, de denunciar, de anunciar. Es ésta la forma de amar indispensable al educador progresista y que es preciso que todos nosotros aprendamos y vivamos.
 
Pero sucede que la amorosidad de la que hablo, el sueño por el que peleo y para cuya realización me preparo permanentemente, exigen que yo invente en mí, en mi experiencia social, otra cualidad: la valentía de luchar al lado de la valentía de amar.

La valentía como virtud no es algo que se encuentre fuera de mí mismo. Como superación de mi miedo, ella lo implica.
 
En primer lugar, cuando hablamos del miedo debemos estar absolutamente seguros de que estamos hablando sobre algo muy concreto. Esto es, el miedo no es una abstracción. En segundo lugar, creo que debemos saber que estamos hablando de una cosa muy normal. Otro punto que me viene a la mente es que, cuando pensamos en el miedo, llegamos a reflexionar sobre la necesidad de ser muy claros respecto a nuestras opciones, lo cual exige ciertos procedimientos y prácticas concretas que son las propias experiencias que provocan el miedo.
 
A medida que tengo más y más claridad sobre mi opción, sobre mis sueños, que son sustantivamente políticos y adjetivamente pedagógicos, en la medida en que reconozco que como educador soy un político, también entiendo mejor las razones por las cuales tengo miedo y percibo cuánto tenemos aún por andar para mejorar nuestra democracia. Es que al poner en práctica un tipo de educación que provoca críticamente la conciencia del educando, necesariamente trabajamos contra algunos mitos que nos deforman. Al cuestionar esos mitos también enfrentamos al poder dominante, puesto que ellos son expresiones de ese poder, de su ideología.

Cuando comenzamos a ser asaltados por miedos concretos, tales como el miedo a perder el empleo o a no alcanzar cierta promoción, sentimos la necesidad de poner ciertos límites a nuestro miedo. Antes que nada reconocemos que sentir miedo es manifestación de que estamos vivos. No tengo que esconder mis temores. Pero lo que no puedo permitir es que mi miedo me paralice. Si estoy seguro de mi sueño político, debo continuar mi lucha con tácticas que disminuyan el riesgo que corro. Por eso es tan importante gobernar mi miedo, educar mi miedo, de donde nace finalmente mi valentía.2 Es por eso por lo que no puedo por un lado negar mi miedo y por el otro abandonarme a él, sino que preciso controlarlo, y es en el ejercicio de esta práctica donde se va construyendo mi valentía necesaria.
 
Es por esto por lo que hay miedo sin valentía, que es el miedo que nos avasalla, que nos paraliza, pero no hay valentía sin miedo, que es el miedo que, "hablando" de nosotros como gente, va siendo limitado, sometido y controlado.
 
Otra virtud es la tolerancia. Sin ella es imposible realizar un trabajo pedagógico serio, sin ella es inviable una experiencia democrática auténtica; sin ella, la práctica educativa progresista se desdice. La tolerancia, sin embargo, no es una posición irresponsable de quien juega el juego del "hagamos de cuenta".
 
Ser tolerante no significa ponerse en connivencia con lo intolerable, no es encubrir lo intolerable, no es amansar al agresor ni disfrazarlo. La tolerancia es la virtud que nos enseña a convivir con lo que es diferente. A aprender con lo diferente, a respetar lo diferente.
 
En un primer momento parece que hablar de tolerancia es casi como hablar de favor. Es como si ser tolerante fuese una forma cortés, delicada, de aceptar o tolerar la presencia no muy deseada de mi contrario. Una manera civilizada de consentir en una convivencia que de hecho me repugna. Eso es hipocresía, no tolerancia. y la hipocresía es un defecto, un desvalor. La tolerancia es una virtud. Por eso mismo si la vivo, debo vivirla como algo que asumo. Como algo que me hace coherente como ser histórico, inconcluso, que estoy siendo en una primera instancia, y en segundo lugar, con mi opción político-democrática. No veo cómo podremos ser democráticos sin experimentar, como principio fundamental, la tolerancia y la convivencia con lo que nos es diferente.
 
Nadie aprende tolerancia en un clima de irresponsabilidad en el cual no se hace democracia. El acto de tolerar implica el clima de establecer límites, de principios que deben ser respetados. Es por esto por lo que la tolerancia no es la simple connivencia con lo intolerable. Bajo el régimen autoritario, en el cual se exacerba la autoridad, o bajo el régimen licencioso, en el que la libertad no se limita, difícilmente aprenderemos la tolerancia. La tolerancia requiere respeto, disciplina, ética. El autoritario, empapado de prejuicios sobre el sexo, las clases, las razas, jamás podrá ser tolerante si antes no vence sus prejuicios. Es por esto por lo que el discurso progresista del prejuiciado, en contraste con su práctica, es un discurso falso. Es por esto también por lo que el cientificista es igualmente intolerante, porque toma o entiende la ciencia como la verdad última y nada vale fuera de ella, pues es ella la que nos da la seguridad de la que no se puede dudar. No hay cómo ser tolerantes si estamos inmersos en el cientificismo, cosa que no debe llevarnos a la negación de la ciencia
 
Me gustaría ahora agrupar la decisión, la seguridad, la tensión entre la paciencia y la impaciencia y la alegría de vivir como cualidades que deben ser cultivadas por nosotros si somos educadores y educadoras progresistas.
 
La capacidad de decisión de la educadora o del educador es absolutamente necesaria en su trabajo formador. Es probando su habilitación para decidir como la educadora enseña la difícil virtud de la decisión. Difícil en la medida en que decidir significa romper para optar. Ninguno decide a no ser por una cosa contra la otra, por un punto contra otro, por una persona contra otra. Es por esto por lo que toda opción que sigue a una decisión exige una meditada evaluación en el acto de comparar para optar por uno de los posibles polos, personas o posiciones. y es la evaluación, con todas las implicaciones que ella genera, la que finalmente me ayuda a optar.
 
Decisión es ruptura no siempre fácil de ser vivida. Pero no es posible existir sin romper, por más difícil que nos resulte romper.
 
Una de las deficiencias de una educadora es la incapacidad de decidir. Su indecisión, que los educandos interpretan como debilidad moral o como incompetencia profesional. La educadora democrática, sólo por ser democrática, no puede anularse; al contrario, si no puede asumir sola la vida de su clase tampoco puede, en nombre de la democracia, huir de su responsabilidad de tomar decisiones. Lo que no puede es ser arbitraria en las decisiones que toma. El testimonio de no asumir su deber como autoridad, dejándose caer en la licencia, es sin duda más funesto que el de extrapolar los límites de su autoridad.
 
Hay muchas ocasiones en que el buen ejemplo pedagógico, en la dirección de la democracia, es tomar la decisión junto con los alumnos después de analizar el problema. En otros momentos en los que la decisión a tomar debe ser de la esfera de la educadora, no hay por qué no asumirla, no hay razón para omitirse.

La indecisión delata falta de seguridad, una cualidad indispensable a quien sea que tenga la responsabilidad del gobierno, no importa si de una clase, de una familia, de una institución, de una empresa o del Estado.
 
Por su parte la seguridad requiere competencia científica, claridad política e integridad ética.
 
No puedo estar seguro de lo que hago si no sé cómo fundamentar científicamente mi acción o si no tengo por lo menos algunas ideas de lo que hago, por qué lo hago y para qué lo hago. Si sé poco o nada sobre en favor de qué o de quién, en contra de qué o de quién hago lo que estoy haciendo o haré. Si esto no me conmueve para nada, si lo que hago hiere la dignidad de las personas con las que trabajo; si las expongo a situaciones bochornosas que puedo y debo evitar, mi insensibilidad ética, mi cinismo me contraindican para encarar la tarea del educador. Tarea que exige una forma críticamente disciplinada de actuar con la que la educadora desafía a sus educandos. Forma disciplinada que tiene que ver, por un lado, con la competencia que la maestra va revelando a sus educandos, discreta y humildemente, sin alharacas arrogantes, y por el otro con el equilibrio con el que la educadora ejerce su autoridad -segura, lúcida, determinada.
 
Nada de eso, sin embargo, puede concretarse si a la educadora le falta el gusto por la búsqueda permanente de la justicia. Nadie puede prohibirle que le guste más un alumno que otro por n razones. Es un derecho que tiene. Lo que ella no puede es omitir el derecho de los otros en favor de su preferido.
 
Existe otra cualidad fundamental que no puede faltarle a la educadora progresista y que exige de ella la sabiduría con que entregarse a la experiencia de vivir la tensión entre la paciencia y la impaciencia. Ni la paciencia por sí sola ni la impaciencia solitaria. La paciencia por sí sola puede llevar a la educadora a posiciones de acomodación, de espontaneísmo, con lo que niega su sueño democrático. La paciencia desacompañada puede conducir a la inmovilidad, a la inacción. La impaciencia por sí sola, por otro lado, puede llevar a la maestra a un activismo ciego, a la acción por sí misma, a la práctica en que no se respetan las relaciones necesarias entre la táctica y la estrategia. La paciencia aislada tiende a obstaculizar la consecución de los objetivos de la práctica haciéndola "tierna", "blanda" e inoperante. En la impaciencia aislada amenazamos el éxito de la práctica que se pierde en la arrogancia de quien se juzga dueño de la historia. La paciencia sola se agota en el puro blablablá; la impaciencia a solas en el activismo irresponsable.
 
La virtud no está, pues, en ninguna de ellas sin la otra sino en vivir la permanente tensión entre ellas. Está en vivir y actuar impacientemente paciente, sin que jamás se dé la una aislada de la otra.
 
Junto con esa forma de ser y de actuar equilibrada, armoniosa, se impone otra cualidad que vengo llamando parsimonia-verbal. La parsimonia verbal está implicada en el acto de asumir la tensión entre paciencia-impaciencia. Quien vive la impaciente paciencia difícilmente pierde, salvo casos excepcionales, el control de lo que habla, raramente extrapola los límites del discurso ponderado pero enérgico. Quien vive preponderantemente la paciencia, apenas ahoga su legítima rabia, que expresa en un discurso flojo y acomodado. Quien por el contrario es sólo impaciencia tiende a la exacerbación en su discurso. El discurso del paciente siempre es bien comportado, mientras que el discurso del impaciente generalmente va más allá de lo que la realidad misma soportaría.
 
Ambos discursos, tanto el muy controlado como el carente de toda disciplina, contribuyen a la preservación del statu quo. El primero por estar mucho más acá de la realidad; e1 segundo por ir más allá del límite de lo soportable.
 
El discurso y la práctica benevolente del que es sólo paciente en la clase hace pensar a los educandos que todo o casi todo es posible. Existe una paciencia casi inagotable en el aire. El discurso nervioso, arrogante, incontrolado, irrealista, sin límite, está empapado de inconsecuencia, de irresponsabilidad.
 
Estos discursos no ayudan en nada a la formación de los educandos.
 
Existen además los que son excesivamente equilibrados en su discurso pero de vez en cuando se desequilibran. De la pura paciencia pasan inesperadamente a la impaciencia incontenida, creando en los demás un clima de inseguridad con resultados indiscutiblemente pésimos.

Existe un sinnúmero de madres y padres que se comportan así. De una licencia en la que el habla y la acción son coherentes pasan, al día siguiente, a un universo de desatinos y órdenes autoritarias que dejan estupefactos a sus hijos e hijas, pero principalmente inseguros. La ondulación del comportamiento de los padres limita en los hijos el equilibrio emocional que precisan para crecer. Amar no es suficiente, precisamos saber amar.
 
Me parece importante, reconociendo que las reflexiones sobre las cualidades son incompletas, discutir un poco sobre la alegría de vivir, como una virtud fundamental para la práctica educativa democrática.
 
Es dándome por completo a la vida y no a la muerte -lo que ciertamente no significa, por un lado, negar la muerte, ni por el otro mitificar la vida- como me entrego, libremente, a la alegría de vivir. y es mi entrega a la alegría de vivir, sin esconder la existencia de razones para la tristeza en esta vida, lo que me prepara para estimular y luchar por la alegría en la escuela.
 
Es viviendo -no importa si con deslices o incoherencias, pero sí dispuesto a superarlos- la humildad, la amorosidad, la valentía, la tolerancia, la competencia, la capacidad de decidir, la seguridad, la ética, la justicia, la tensión entre la paciencia y la impaciencia, la parsimonia verbal, como contribuyo a crear la escuela alegre, a forjar la escuela feliz. La escuela que es aventura, que marcha, que no le tiene miedo al riesgo y que por eso mismo se niega a la inmovilidad. La escuela en la que se piensa, en la que se actúa, en la que se crea, en la que se habla, en la que se ama, se adivina la escuela que apasionadamente le dice a la vida. y no la escuela que enmudece y me enmudece.
 
Realmente, la solución más fácil para enfrentar los obstáculos, la falta de respeto del poder público, el arbitrio de la autoridad antidemocrática es la acomodación fatalista en la que muchos de nosotros nos instalamos.
 
"¿Qué puedo hacer, si siempre ha sido así? Me llamen maestra o me llamen tía continúo siendo mal pagada, desconsiderada, desatendida. Pues que así sea." Ésta en realidad es la posición más cómoda, pero también es la posición de quien renuncia a la lucha, a la historia. Es la posición de quien renuncia al conflicto sin el cual negamos la dignidad de la vida. No hay vida ni existencia humana sin pelea ni conflicto. El conflicto3 hace nacer nuestra conciencia. Negarlo es desconocer los mínimos pormenores de la experiencia vital y social. Huir de él es ayudar a la preservación del statu quo.
 
Por eso no veo otra salida que no sea la de la unidad en la diversidad de intereses no antagónicos de los educadores y de las educadoras en defensa de sus derechos. Derecho a su libertad docente, derecho a hablar, derecho a mejores condiciones de trabajo pedagógico, derecho a un tiempo libre remunerado para dedicarse a su permanente capacitación, derecho a ser coherente, derecho a criticar a las autoridades sin miedo de ser castigadas -a lo que corresponde el deber de responsabilizarse por la veracidad de sus críticas-, derecho a tener el deber de ser serios, coherentes, a no mentir para sobrevivir.
 
Es preciso que luchemos para que estos derechos sean más que reconocidos -respetados y encarnados. A veces es preciso que luchemos junto al sindicato ya veces contra él si su dirigencia es sectaria, de derecha o de izquierda. Pero a veces también es preciso que luchemos como administración progresista contra las rabias endemoniadas de los retrógrados, de los tradicionalistas entre los cuales algunos se juzgan progresistas y de los neoliberales para quienes la historia terminó en ellos.



NOTAS:
2. Véase Paulo Freire e Ira Shor; Medo e ousadia, op cit.17

3. Véase Moacir Gadotti, Paulo Freire y Sérgio Quimaraes, Pedagogia: diálogo e conflito, Ed. Cortez, 1989.
 

Así era Célestin Freinet

Centro Freinet Prometeo Escuela en Puebla,

Así era Célestin Freinet  O al menos así lo imaginaron nuestros estudiantes cuando lo dibujamos en octubre de 2016. Este ejercicio resultó en una estupenda oportunidad para conocerlo mejor, su bigote, el cabello quebrado con canas... Su filosofía antiautoritaria, la lucha por el desarme nuclear en Francia, aquella decidida convicción de que la escuela debe acercarse a la vida...
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