Cincuenta años después de Freinet

Juan Sebastián Gatti

Freinet es muchas cosas distintas según quién hable. Si nos limitamos a quienes tienen una vivencia directa de las escuelas freinetianas, para unos es el trabajo colaborativo, la experiencia cotidiana de la cooperación; para otros, una escuela de vida, los amigos, la familia. Hay quien habla del respeto mutuo, o de la posibilidad de opinar y la certeza de ser escuchados, o de saber que podían ser ellos mismos sin temor. Hay referencias muy constantes a ciertas actividades: las prácticas de campo, los juegos, las salidas, las lecturas, los espacios que ya no existen y los que son nuevos. 


Por supuesto también varían las respuestas desde el lado de los docentes, y todavía más cuando se trata de docentes que antes de serlo fueron además alumnos. Yo recuerdo siempre a algunas compañeras cuando asistieron a su primera práctica de campo como maestras, diciendo lo distintas que eran las cosas, que nunca se imaginaron --de alumnas-- que la práctica de campo fuera "eso".

Cuando uno repasa todas las respuestas, después de un rato empieza a ver que aflora una construcción mayor, hecha de todos esos pedacitos. Hay una sensación de pertenencia, por ejemplo, que se relaciona con otra de posesión. Pertenecemos a la escuela, ella nos pertenece a nosotros, parece que nos estuvieran diciendo. Hay también una conciencia muy especial del peso de la palabra, de la importancia de lo que cada uno de nosotros tiene para decir, y de nuestro derecho a decirlo y a ser tomados en cuenta. Esto es llamativo. Quiero decir, que la pedagogía freinetiana, que suele entenderse como muy centrada en el hacer y en el aprender haciendo, tiene en el fondo prácticas que son muy verbalistas, digamos, que le dan una importancia fundamental al ejercicio cabal de la palabra.

Me parece muy importante señalar esto, y para hacerlo tengo que dar un paso atrás y decir que todas estas palabras que he usado hasta ahora no son mías sino en todo caso "nuestras". Como para tantas otras cosas --los encuentros de escuelas alternativas, las intervenciones en otros espacios educativos o mediáticos, las participaciones en congresos--, los maestros del Prometeo empezamos a preparar esta celebración pidiendo a estudiantes, colegas, exalumnos y familias que nos dieran su opinión sobre el tema. Y éste es un ejemplo de cómo se construye un discurso comunitario; quiero decir, para los docentes de una escuela Freinet escuchar a los otros no es un ejercicio realizado por consigna sino la manera en que profundamente entendemos la pedagogía y la comunidad en que vivimos.

Lo digo así directamente y luego, porque tengo una gran conciencia de las palabras, me detengo a remarcarlo: sin pensarlo escribí "la comunidad en que vivimos", no "el lugar en que trabajamos". Los amigos. La familia. Como ven, sigo usando nuestras palabras. No es una cosa menor cuando pienso que yo llegué a esta escuela siendo un joven estudiante universitario, de intachable soberbia intelectual, que no tenía más meta en la vida que la erudición y que se había jurado solemnemente que nunca se dedicaría a la docencia. Y llegué, por razones menores que  ya no importan, con la intención de dedicarme a esto unos pocos meses, y han pasado ya treinta y tres años.

Así que entiendo que esa construcción mayor a la que me refería es a la vez de carácter intelectual y de corte afectivo, como si fuera la confluencia de dos cauces que forman una corriente más poderosa. En una escuela Freinet hacemos, hablamos, discutimos, acordamos, disentimos, y a la larga construimos un espacio común y extraordinariamente diverso a la vez. De todas esas razones y palabras, por ejemplo, yo voy construyendo un discurso nuevo que ahora regreso a la comunidad, que a su vez volverá a construirlo.

Como maestro, entonces, y para tratar de llegar a alguna parte, todo esto me hace comprender cada vez más la necesidad de las llamadas técnicas Freinet. En primer lugar por el hecho de que sean poco mencionadas, que me parece una virtud, o el síntoma de una virtud. Significa que están lo suficientemente bien integradas como para pasar desapercibidas. Es cada vez más una frase hecha que Freinet no puede reducirse a un conjunto de técnicas. Yo creo que el problema no está en el sustantivo, en las técnicas, sino en el verbo "reducir".

Las técnicas Freinet, el texto libre, la asamblea, el diario, la correspondecia, están el el centro de nuestra pedagogía porque le devuelven el sentido a las prácticas escolares, porque las dotan de peso, de densidad, de significado, de contexto. La libertad y el respeto a sus opiniones y modos de ser que los alumnos de nuestras escuelas señalan, por ejemplo, encuentran cauce y ejercicio precisamente a través de esas técnicas. El texto libre y las asambleas, por ejemplo, nos mantienen a todos en contacto con las preocupaciones y entusiasmos del "mundo real", impiden que la escuela se vuelva un espacio cerrado sin relación con la vida de afuera.

Como maestro, entonces, veo que Freinet es también --o es sobre todo-- la posibilidad de dotar de sentido y significado a las cosas del mundo desde la escuela. Que es precisamente lo que se supone que las escuelas tenían que hacer, y tan a menudo no hacen.